Trashumantes de invierno

Hace unas semanas tuve oportunidad de asistir, gracias a Ramón, un buen amigo de Amposta, y un compañero suyo, Manolo, quien nos dio la oportunidad de vivir de cerca los preparativos de la salida de un grupo de vaqueros y pastores en Fortanete, provincia de Teruel. Quienes conocemos algo de las reglas del pastoreo sabemos que es una vida dura, pero concretamente la trashumancia, lo es aún más. Dos veces al año, y durante varias semanas, la ganadería extensiva se desplazada de unas zonas a otras en las que hay más comida, y esto lo hacen a través de las vías pecuarias o famosas cabañeras o cañadas reales. La mayoría de éstas discurren de norte a sur y suman algo más de 125.000 km, siendo el 1% del territorio y por ello la mayor superficie protegida y de interés cultural, según la ley de 1995, actual en nuestra península, si bien como muchos sabemos, actualmente sirven de vertederos, construcciones y trazados peligrosos por cortes por nuevas carreteras y otros sinsentidos.

Nuestra experiencia en las tierras de Teruel, nos mostró el lado más amable de los ganaderos que tenían desde el verano los ganados en la localidad de Fortanete, quienes llegado el invierno y antes que las nieves puedan dificultar la marcha, preparan el rito del viaje trashumante.

Un grupo de hombres, rudos como mandan los cánones, se disponen a mediados de diciembre a las 7,30 de la mañana a tomar el café en el bar del pueblo, para posteriormente salir dirección de las fincas, a varios kilómetros y en plena sierra. para encontrase con el ganado. La temperatura es de -8º si bien las rachas de aire frío y helador que caracterizan esta zona, las hacen bajar -12º en el pueblo.

Entre cortados y cabras en los riscos de este bello paraje y al llegar al lugar en donde están más de 800 cabezas de ganado bravo, esperando ser conducidas por quienes serán amo y señor en las semanas venideras, algunos de los hombres ya están preparando los aperos, caballos y cargando los vehículos de aprovisionamiento y escoba, que comparten algunos tramos de viaje con el ganado.

En la sierra de Valdelinares, el frío se deja notar y el extremo viento de la mañana, helado y la temperatura a -º14 de sensación térmica, congela nuestras pestañas. El grupo última los preparativos y espera al jefe, aún pendientes de los permisos que son necesarios para toda actividad pecuaria. Mientras van calentando a los caballos, unos tragos de pacharan y algunos pastisets u hojaldres rellenos de cabello de ángel, servirán como combustible energético que al menos nos aporte calorías para poder quemarlas.

Con retraso, una hora después, el jefe, hermano Juan José, el mayoral, trae malas noticias, parece que los preparativos y madrugar no servirá, al menos de momento para poder salir, hasta que reciban nuevas noticias, deberán aplazar su viaje, probablemente unos días, o unas semanas. De vuelta a la localidad solo nos queda, almorzar unos huevos fritos con lomo, costilla y longaniza en conserva de Teruel y así reponernos de la intensa aunque corta jornada.

Estos problemas, nos cuentan, suelen ocurrir con frecuencia, desde las administraciones, no se tiene el cuenta la actual situación y el esfuerzo que supone esta labor, a los que todavía hoy ejercen una vocación en desuso, como es la de los pastores o personas dedicadas a la ganadería extensiva, a facilitarles el trabajo y en definitiva a mantener viva una tradición en la que el ganado es fundamental para el medio por el que discurre, ya que es agente implicado en la fertilización del terreno por donde pasa, transforma la materia orgánica y evita la erosión. Mucha de la fauna y biodiversidad todavía depende en gran medida de esta tradición trashumante hoy algo olvidada. Esperemos que nuestros políticos valoren y entiendan la labor trashumante, como lo hicieron siglos atrás quienes imponían la reglas, nuestros antepasados.

Más fotografías de archivo aquí.


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