Té y un respiro desde Marroco

Dicen que una de las tres ciudades más importantes de Marruecos es Marrakech, después de Rabat y Casablanca.

Sus calles, su gente y su temperatura en febrero están ahora algo calientes, cargadas del humo de incesantes escapes de motos y carromatos, o del paso de bicicletas y mulas con carretas menos contaminantes pero que circulan estrepitosas por el caótico pavimento del interior de su Medina, entre zocos, atajos y estrechas callejuelas y a golpe de claxon a su paso.

Una ciudad como Marrakech, que ha crecido en los últimos años de forma considerable, está llena de contrastes si, como la describen las guías de viajes, pero como tantos sitios, su cara oculta, los barrios humildes, periféricos al turismo, muestran otros contrastes lejanos de la idílica ciudad turística. Uno alucina con la incansable tarea de los contínuos buscavidas que se ven actuar como en una película y de forma gráfica desde cualquiera de las terrazas superiores de cafés y restaurantes de la afamada Plaza de Jemna El Fna. Sin embargo lo peor es la cantidad de niños que se ven (en extraradios) de tapadillo, por zonas como Assouel o Kaat Benahid, trabajando a golpe de martillo, cincel,  en las herrerías y otros oficios tradicionales. Una estampa no muy fiel al progreso y desarrollo de una ciudad abierta al turismo. En fin esperemos que la segunda parte de este viaje que empieza hoy por el desierto a las montañas del Atlas, sea algo mas afable. De momento un té y un respiro para continuar.

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